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Portada de la novela Amor amargo

Amor amargo

Mateo Vargas fue el asistente y amante clandestino de la poderosa CEO Isabella Rossi, a quien juró lealtad total. Todo colapsa cuando Ricardo Jiménez, ex de Isabella, reaparece y desata una pesadilla. Tras soportar crueles humillaciones públicas y una calumnia de robo que su jefa aceptó como cierta, Mateo huye de Buenos Aires con el corazón destrozado. Sin embargo, el destino forzará un reencuentro inevitable que pondrá a prueba sus heridas.
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Capítulo 3

Cuatro años pasaron así.

Una vida doble.

Esperanza y desesperación.

Un día, Ricardo Jiménez regresó de Europa.

Isabella estaba eufórica.

Radiante.

Publicó una foto en Instagram.

Ella y Ricardo en un exclusivo evento de polo en Palermo.

Sonriendo. Abrazados.

La leyenda: "El destino nos tiene reservadas segundas oportunidades".

Mateo vio la foto.

Su mundo se desmoronó.

El aire le faltó.

Llamó a Isabella.

Necesitaba escuchar su voz. Necesitaba una explicación.

Contestó Ricardo.

Voz arrogante. Burlona.

"¿Sí? ¿Quién habla?"

Mateo apenas pudo articular palabra.

"Soy Mateo Vargas, el asistente de la señorita Rossi."

Silencio. Luego la voz de Isabella al fondo.

Distante. Clara.

"No es nadie importante, Ricky. Sigamos celebrando."

Clic.

La llamada terminó.

El corazón de Mateo se hizo añicos.

"No es nadie importante."

Esas palabras resonaron en su cabeza.

Una y otra vez.

Comenzó la pesadilla.

Ricardo disfrutaba humillándolo.

Isabella lo permitía.

A veces con una mirada de incomodidad.

Otras, con total indiferencia.

Un fin de semana, en la estancia familiar.

Ricardo le exigió a Mateo que preparara un asado.

"Perfecto", dijo. "Como los que hacen en tu provincia."

Para él y sus amigos.

Mateo pasó horas junto al fuego.

Cuidando cada detalle.

La carne, el punto justo. Las achuras. Las ensaladas.

Cuando sirvió, Ricardo probó un bocado.

Hizo una mueca de asco.

"Esto es incomible, Vargas. ¿Así cocinan en Salta? Qué vergüenza."

Lo ridiculizó frente a todos.

Los amigos de Ricardo rieron.

Isabella miró hacia otro lado.

Mateo sintió la sangre hervir.

Pero se calló.

Por ella.

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