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Portada de la novela Amor bajo los Secretos Tristes

Amor bajo los Secretos Tristes

Isabella recupera su libertad tras cinco años de cárcel injusta, pero la tragedia la persigue: le queda un mes de vida por una enfermedad terminal. Su anhelo es morir en el Cabo de la Vela junto a Mateo, quien ahora la odia y la culpa de matar a su padre. Obligada a servirle mientras él planea su boda con Sofía, Isabella soporta humillaciones constantes. En sus últimos días, ella calla una verdad devastadora para proteger al hombre que aún ama.
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Capítulo 3

Al día siguiente, Isabella estaba en la hacienda de los Herrera en Villa de Leyva.

Un lugar lleno de recuerdos. Fines de semana felices, risas con Mateo, la amabilidad de Don Alejandro.

Ahora, era un mausoleo de su pasado.

Mateo le ordenó limpiar la bodega. Un lugar oscuro, polvoriento, lleno de telarañas y trastos viejos.

Simbólico. Limpiar los restos de una vida que ya no existía.

Sofía apareció, fingiendo preocupación.

"Isabella, querida, ¿estás bien? Mateo puede ser un poco... intenso."

Isabella no respondió.

"Solo queremos que todo esté perfecto para la boda", continuó Sofía. "Y luego, desaparecerás de nuestras vidas para siempre, ¿verdad?"

Su voz era dulce, pero sus ojos brillaban con malicia.

Mateo llegó.

"Sofía, déjala trabajar. Tiene mucho que hacer."

Agarró a Sofía por la cintura, besándola apasionadamente frente a Isabella.

Isabella desvió la mirada, el dolor oprimiéndole el pecho.

Durante días, Mateo la sometió a tareas humillantes.

Pulir la platería de la familia, una tarea interminable.

Servir en las múltiples fiestas pre-boda que organizaban.

En una de esas fiestas, Sofía montó un numerito.

"¡Oh, Dios mío! ¡Mi anillo!", gritó, llevándose las manos a la boca.

Era un anillo de compromiso espectacular, una herencia de la familia Herrera.

"Lo tenía puesto hace un momento. Creo... creo que se me cayó cerca de la fuente."

Miró a Isabella, una acusación velada en sus ojos.

La fuente ornamental era grande, el agua helada.

Mateo agarró a Isabella del brazo.

"Búscalo." Su voz era dura.

"Pero, Mateo..."

"¡Búscalo! Y no saldras de ahí hasta que aparezca."

Obligó a Isabella a meterse en el agua helada, bajo la mirada curiosa y burlona de los invitados.

El frío le calaba los huesos, pero buscó. Hora tras hora.

Sus manos se entumecieron, su cuerpo temblaba.

Los invitados cuchicheaban.

"Esa es Isabella Vargas, ¿sabes? La que mató a Don Alejandro."

"Qué descaro, aparecerse por aquí."

"Mateo solo la está castigando. Bien merecido lo tiene."

Isabella encontró el anillo finalmente, entre las piedras del fondo.

Se lo entregó a Mateo, temblando.

Él ni siquiera la miró. Se lo puso a Sofía en el dedo, besándola.

Isabella salió de la fuente, empapada, helada, humillada.

Pero con más dinero en el bolsillo. Cada humillación tenía un precio, y Mateo pagaba.

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