Portada de la novela El Divorcio Que Me Dio Vida

El Divorcio Que Me Dio Vida

8.1 / 10.0
Tras perder a su hijo y su carrera por la traición de Dante, la protagonista de El Divorcio Que Me Dio Vida inicia este romance y mystery story. Decidida a superar la ruina de su esposo billionaire, firma el divorcio para reconstruir su futuro. Lee más en esta modern novel.
Resumen de El Divorcio Que Me Dio Vida
El éxito culinario que tanto busqué acabó en tragedia cuando un envenenamiento provocado me hizo perder a mi hijo y mi profesión. En mi peor momento, supe que Dante, mi marido, orquestó mi caída para iniciar una vida con su amante encinta, Anabel. Ante la crueldad de su traición y la desolación de mi pérdida, decidí firmar el divorcio para escapar de su sombra. Con una maleta y el corazón roto, huí de ese engaño dispuesta a renacer lejos de su maldad.
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El Divorcio Que Me Dio Vida Capítulo 1

El día que inauguré el restaurante de mis sueños, una supuesta intoxicación alimentaria me mandó al hospital.

Ahí, no solo perdí al bebé que tanto anhelaba, sino que descubrí la traición de mi esposo, Dante: su amante, Anabel, estaba embarazada.

Pero la verdad era aún más monstruosa. Él había orquestado mi ruina, destruyendo mi carrera y provocando mi aborto para poder deshacerse de mí sin culpa.

Mientras yo luchaba por mi vida, él celebraba su "libertad" con ella en la habitación de al lado.

Me había quitado todo: mi negocio, mi futuro y la posibilidad de ser madre.

Así que, en la soledad de mi cama de hospital, tomé una decisión.

Firmé los papeles del divorcio, empaqué una maleta con lo poco que me quedaba y desaparecí sin dejar rastro, jurando que jamás volvería a permitir que me destruyera.

Capítulo 1

Jana POV:

Mi esposo, Dante, me besó la frente. Pero el sabor de sus labios era amargo. Amargo como la traición que carcomía cada fibra de mi alma. Su aliento, a menta fresca, no podía borrar el hedor a falsedad que sentía en cada fibra de mi ser. Me recosté en la almohada del hospital, sintiendo el frío sudor en mi espalda. Apenas podía respirar.

Recordé la noche anterior. Sus brazos fuertes me rodeaban. Dijo mi nombre con un susurro. La piel de mi cuello se erizó. No de placer, sino de un pavor inexplicable. Pensé que era el estrés de la apertura. Pensé que era la emoción. Pero ahora… ahora lo sé. Era el veneno.

Cerré los ojos, y la imagen de su sonrisa perfecta se grabó en mi mente. Esa sonrisa que una vez me prometió un futuro brillante. Un futuro lleno de aromas, sabores y el crepitar del fuego en nuestra cocina. Ahora solo era ceniza.

Mi corazón se sentía como un trozo de cristal roto. Cada latido era un corte. Cada respiración una punzada. Quería gritar, vomitar, desaparecer. Pero no podía. Tenía que mantenerme entera. Al menos por ahora.

¿Fue real alguna vez? ¿Cada "te amo", cada caricia, cada sueño compartido? ¿O fui solo una pieza en su tablero de ajedrez? Una pieza fácil de mover. Fácil de eliminar.

La enfermera entró, su voz suave. Me dio un vaso de agua. Dijo que Dante había estado conmigo toda la noche. Que era un esposo ejemplar. Mis compañeras de hospital asentían. Algunas me miraban con envidia. "Qué suerte tienes, Jana", decían. "Tu esposo es tan devoto."

"Gastó una fortuna en ese restaurante, ¿no? Y en tu carrera", comentó una. "Siempre te apoyó, incluso cuando su familia no estaba de acuerdo."

"Y míralo ahora. Destrozado", añadió otra, señalando a Dante. Estaba sentado en la silla, con el rostro hundido en las manos. Parecía un hombre deshecho. Había llorado. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

Si no hubiera escuchado la verdad, habría creído su actuación. Habría creído que era un hombre devastado. Como me había visto antes, cuando me cuidaba con una dedicación casi obsesiva. Mis labios temblaron, pero no por el dolor. Era por el asco.

"Esto es una broma, ¿verdad?", pensé. Una cruel, sádica broma.

De repente, se escuchó un estruendo afuera. Gritos. Voces alteradas. Los médicos corrieron por el pasillo. La puerta de la habitación se abrió. Un hombre uniformado entró. Hablaba rápido, con desesperación. Nuestro restaurante. La inauguración. Un desastre. Intoxicación alimentaria masiva. Mi reputación. Mi carrera. Todo.

Dante se levantó de golpe. Su rostro, pálido, se transformó en una máscara de rabia. "¡Incompetentes!", gritó. Golpeó la mesa con el puño. El vaso de agua saltó y se hizo añicos en el suelo. "¡Les dije que revisaran todo! ¡Les di todos los recursos! ¿Cómo pudo pasar esto?"

Recordé una vez que me enfermé gravemente. Fiebre alta, delirando. Dante se volvió loco. No dejó que nadie me tocara. Me cuidó él mismo, día y noche. Sus ojos, los mismos ojos inyectados en sangre ahora, me miraban con una mezcla de pánico y furia. Un doctor le dijo que se calmara. Dante lo echó de la habitación. "Jana es MÍA", dijo.

Ahora, sus manos temblaban. Su cabello estaba revuelto. La camisa, que antes estaba impecablemente planchada, ahora estaba arrugada y manchada. Parecía un animal acorralado. Pero no sentía compasión. Solo un vacío profundo. Estaba agotada. Agotada de su farsa.

"Voy a salir", dije con voz monótona. Me levanté lentamente de la cama. El cuerpo me dolía. Pero el dolor del alma era mucho más grande.

Dante se giró. Sus ojos se abrieron de par en par. "¡¿Qué haces?! ¡Jana, no puedes levantarte! Estás débil. Tienes que descansar. Llama a la enfermera. ¡Ahora!" Su voz, antes enojada, ahora estaba llena de una preocupación histérica.

Me encogí. Su tono posesivo me daba náuseas. "Estoy bien", dije. "Necesito aire. Necesito irme de aquí."

Intentó acercarse. Extendió una mano. "Mi amor, por favor. No te esfuerces. El doctor dijo que..."

"No me toques", lo interrumpí. Mi voz era apenas un susurro, pero la dureza en ella era innegable. Dio un paso atrás, sorprendido.

"Pero Jana, tienes que recuperarte. El doctor..." Empezó a llamar a la enfermera.

"No necesito un doctor. No necesito que me digas qué hacer", le corté de nuevo. "Antes solías respetar mis decisiones. ¿Qué cambió?"

Se quedó en silencio. Me miró con una expresión indescifrable. Luego, se arrodilló a mi lado. Tomó mi mano. Sus ojos, llenos de lágrimas, me miraron. "Lo siento, Jana. Siento mucho lo del restaurante. Pero podemos reconstruirlo. Podemos tener todo lo que siempre quisimos. Y, mi amor, podemos tener un bebé. Un bebé nuestro. Recuerdas que hablamos de eso, ¿verdad? Después de la apertura."

La palabra "bebé" me golpeó como un rayo. Él sabía cuánto deseaba ser madre. Sabía que era mi mayor sueño, aparte de la cocina. Era una manipulación cruel.

Un rugido salió de mi garganta. No era un grito. Era el sonido de la rabia pura. Levanté mi pierna, con todas las fuerzas que me quedaban, y lo pateé en el pecho. Él cayó hacia atrás, sorprendido.

"¡Mentiroso! ¡Hipócrita! ¡No me hables de un bebé! ¡No te atrevas!", grité. Mi voz resonó en la habitación.

Su rostro se contorsionó. "Jana, ¿qué te pasa? ¿Estás delirando?"

Me desplomé en la cama. Cerré los ojos, deseando que todo fuera un mal sueño. La oscuridad me envolvió.

Cuando desperté, la luz entraba por la ventana. No era la luz tenue de la mañana. Era el sol brillante de la tarde. Varios días. Habían pasado varios días. Sentí un vacío atroz en mi vientre. Un vacío que no era físico. Era emocional. Algo se había ido. Sentí un frío escalofriante.

Me senté lentamente. Mi cuerpo me dolía. Había una venda gruesa en mi abdomen. La toqué. El dolor era agudo. Pero no había sangre. Solo una cicatriz. Una cicatriz fresca. Mi sueño. Mi bebé. Se había ido.

La habitación estaba en silencio. Miré el techo blanco. Quería llorar, pero no quedaban lágrimas. Mi garganta estaba seca. Mis ojos, vacíos.

La puerta se abrió. Dante entró. Me vio despierta. Sus ojos se iluminaron. Se acercó a la cama, con una sonrisa forzada.

"Mi amor, despertaste. Gracias a Dios." Se sentó en el borde de la cama. Extendiéndome la mano, intentó cubrirme con la manta. "Has estado muy débil. El doctor dijo que la intoxicación te afectó mucho. Y el estrés… Lo siento, Jana. Todo esto es mi culpa."

Sacó una pila de papeles de una carpeta. Eran informes médicos. "Mira, aquí están los análisis. El doctor dice que tuviste una reacción muy fuerte. Hemos hecho todo lo posible para estabilizarte."

Mentiroso. Su voz era dulce, pero sus palabras eran una navaja. ¿Intoxicación? ¿Estrés? La cicatriz en mi vientre no era por estrés. Era por su traición. Era una marca de lo que me había quitado. No solo el restaurante. No solo mi reputación. Me había quitado la posibilidad de ser madre.

El escalofrío me recorrió el cuerpo. No era solo una parte de mi cuerpo lo que se había ido. Era mi voluntad de vivir. Mi razón de ser.

Todo era su culpa. Su cobardía. Su ambición. La amargura me llenó la boca. Un odio frío y profundo.

"Pero no te preocupes, mi amor", dijo, apretando mi mano. "Podemos superarlo. Podemos adoptar. Hay muchos niños esperando un hogar. Y te prometo que te compensaré por todo. Te daré todo lo que quieras. Lo juro."

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Tabla de contenidos de El Divorcio Que Me Dio Vida

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