Portada de la novela La ley del deseo

La ley del deseo

8.9 / 10.0
En La ley del deseo, Cristal enfrenta una encrucijada letal entre Richard y Luciano. Esta mafia novel la obliga a elegir entre la obsesión de un abogado y un amor del pasado. Un romance novel y mystery story donde buscar la libertad en un mundo criminal es una sentencia de muerte.
Resumen de La ley del deseo
Cristal se encuentra atrapada en una peligrosa disputa entre Richard y Luciano, dos influyentes hermanos vinculados a la mafia. Richard, un abogado de métodos oscuros, se obsesiona con ella hasta el punto de querer redimirse. Mientras tanto, Luciano vive un romance apasionado que se tambalea ante la reaparición de un antiguo amor. Entre juicios y traiciones, Cristal deberá decidir entre su libertad o la protección de hombres que ven el deseo como un arma letal.
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La ley del deseo Capítulo 1

Su hermano menor acostado en una camilla demasiado grande para su cuerpo, con esa tos seca que el médico había llamado persistente y que a ella le había sonado a amenaza.

Cuando Cristal llegó al hospital, jadeando, el olor a desinfectante le hizo estornudar sin querer, la voz del médico hablándole con esa calma que antecede a las malas noticias.

–El tratamiento no puede esperar –le había dicho. – Va a necesitar estudios, medicación, controles. Y eso implica un costo alto.

Cristal había asentido sin hablar. No porque entendiera, sino porque el cuerpo no le respondió. Cuando preguntó cuánto, el número cayó entre ellos como algo que no se puede levantar del piso.

Dinero. Mucho dinero.

Dinero que su madre no tenía.

Dinero que ella no tenía.

Cuando ella estaba dudando, una enfermera entró y declaró una mala noticia. -Dcotor! El paciente...-

Cristal despierta con la sensación violenta de haber llegado tarde a su propia vida.

Era sueño.Una pesadilla.

Pero ella sabía, era un futuro posible si ella no hace nada sobre la situación.

No es el sonido del despertador lo que la arranca del sueño, sino el silencio. Un silencio excesivamente prolijo, casi calculado, como si alguien lo hubiera dejado ahí para observarla fallar. Abre los ojos de golpe, con el corazón acelerado y la respiración rota, y durante unos segundos no entiende dónde está ni qué hora es. El cuarto permanece inmóvil, ajeno a ella. Luego la conciencia irrumpe sin transición ni piedad.

La entrevista.

El estudio jurídico Montalvo.

La única puerta que no se le cerró antes de tocarla.

–Carajo... –murmura, incorporándose– Llegaré tarde

Busca el despertador y lo encuentra, pero está apagado. Lo observa un segundo de más, como si esperara una explicación que no va a llegar.

Sacude la cabeza y se levanta. Camina rápido hacia el baño; el piso frío le muerde los pies y la devuelve al cuerpo. Cierra la puerta detrás de sí justo cuando la voz de Mitchell llega desde el dormitorio, completamente despierta, firme. –Tenías que poner la alarma. No puedo estar pendiente de tus cosas.

No hay reproche abierto, no lo necesita. La manipulación de Mitchell siempre fue más elegante: una suma constante de responsabilidades que nunca le pertenecen.

Cristal se queda frente al espejo. Se observa como si fuera otra mujer: ojeras suaves, el cabello revuelto, una expresión que no logra suavizar. Abre la ducha. El agua cae tibia. –Hoy no es un día cualquiera –dice para que el la escuche. – Hoy es importante.

Desde el dormitorio, Mitchell suelta una risa breve. –Todo es importante para ti cuando algo no sale como quieres.

No es una burla directa. Es peor: es una forma de reducirla.

–Es un estudio grande –responde ella. – Puede cambiar muchas cosas.

–Eso dijiste antes –contesta él. – Y después estuviste semanas mal. Yo fui el que te sostuvo.

La frase se le clava. No es falsa, pero está incompleta. su novio siempre recuerda lo que le conviene recordar.

–No quiero que te ilusiones –añade. – Después tengo que lidiar con tus decepciones.

Cristal cierra los ojos. Siente la presión conocida en el pecho, esa mezcla de culpa y cansancio que la deja sin argumentos.

Sale de la ducha, se viste rápido. Falda negra. Camisa blanca. Se mira al espejo buscando algo firme. No encuentra seguridad, pero sí una urgencia que ya no puede ignorar.

–¿Ni el desayuno hiciste? –grita Mitchell. – Siempre voy último en tu lista.

Cristal respira hondo. –Te avisé anoche que hoy no podía prepararlo amor

–Siempre hay algo –dice Mitchell, con ese tono medido que no admite réplica. – Tu familia, tus entrevistas, tus dramas. Yo solo pido un poco de estabilidad– Hace una pausa breve, calculada. –Me voy, Cristal. Si no llegas antes de que encienda el auto, te vas sola.

No espera respuesta. El portazo clausura la conversación como una sentencia.

Cristal baja descalza al estacionamiento, con los zapatos en la mano y el corazón golpeándole las costillas. Cada escalón es una cuenta regresiva. El cemento frío le quema las plantas de los pies, pero no se detiene.

Mitchell ya está dentro del auto con el motor encendido, pero no la mira, solamente saca el seguro del auto –Todo este drama por una entrevista que, sinceramente, no merecés –dice mientras pone primera. –No entiendo por qué haces todo tan difícil.

Cristal se sube y cierra la puerta con cuidado, como si un gesto brusco pudiera empeorar las cosas.

–Si entendieras que tu lugar es estar en la casa, ocupándote de mí –continúa él, sin levantar la voz. – todo sería mucho más fácil para los dos.

Cristal aprieta la cartera contra el pecho con mucha tristeza. –Lo necesito –susurra, pero no lo dice para convencerlo a él. Se lo dice a sí misma.

Necesito el dinero que Mitchell había decidido no tener.

–No puedo hacerme cargo de eso –había dicho él después, con un gesto cansado, como si el problema fuera el tono de ella. – Entiéndeme, Cristal. Bastante tengo con lo nuestro.

Lo nuestro.

Como si amar fuera un presupuesto fijo.

Observa los edificios pasar como si no le pertenecieran. Dentro de la cartera está el mail impreso, la dirección exacta, la hora precisa. Una prueba concreta de que no está inventando su futuro. Y algo más que no se imprime: la urgencia brutal de conseguir ese trabajo, de salvar a su hermano, de salvarse ella.

–Si no fuera por mí –añade Mitchell, con una calma que duele. – no tendrías nada seguro – Hace una pausa mínima. –Ni siquiera un lugar donde dormir.

Cristal no responde. Permanece inmóvil, con la mirada fija en el parabrisas, como si cualquier palabra pudiera delatarla. No hace ningún movimiento hasta que el auto se detiene. Entonces baja con rapidez, sin despedirse, sin mirar atrás, con la clara intención de no darle a Mitchell la satisfacción de una última reacción.

El auto arranca de inmediato. El rugido del motor se aleja sin vacilaciones, como si nada mereciera ser explicado.

Cristal da unos pasos y se queda frente al edificio. La fachada impone una seriedad ajena a su vida cotidiana. Respira hondo antes de entrar, como quien cruza un límite invisible.

El estudio jurídico Montalvo la recibe con una quietud casi irreal. La puerta de madera maciza se cierra detrás de ella y, con ese gesto simple, el mundo exterior queda suspendido. El aire huele a lavanda y a madera antigua. La sala de espera transmite un orden impecable: muebles sobrios, libros encuadernados en cuero, una alfombra gastada que amortigua los pasos. Todo parece diseñado para recordar que allí las decisiones se toman con calma y precisión.

Cristal se alisa la falda. Avanza despacio, consciente del peso del lugar sobre los hombros. Se presenta con voz firme, aunque el pulso le golpea las muñecas.

La secretaria la observa durante unos segundos, midiendo algo que no se nombra.

–Vas a pasar a la oficina uno –le dice finalmente. – Camina segura. Aquí todo se nota.

Cristal asiente. Endereza la espalda. Respira hondo. El pasillo es largo y silencioso, y cada paso resuena como una evaluación constante. Siente que no solo camina hacia una entrevista, sino hacia una versión de sí misma que aún no termina de conocer.

Se detiene frente a la puerta. Lee el nombre grabado en la placa. Apoya los dedos sobre la madera, permitiéndose un segundo de quietud y toca.

El silencio del otro lado se extiende más de lo esperado, hasta que finalmente se escucha una voz –Pase.

Cristal gira el picaporte, sin saber aún que esa puerta no solo va a abrir una oficina, sino el comienzo de algo que ya no va a poder deshacer.

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Tabla de contenidos de La ley del deseo

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