Portada de la novela LA VIDA DE ANA

LA VIDA DE ANA

9.5 / 10.0
Tras huir de su pasado y perder a su esposo mafioso en un ataque, Ana resurge en esta historia de acción y romance como la Viuda Negra. Bajo la protección de un magnate, busca venganza en esta mafia novel, una de las mejores fiction books para leer online gratis.
Resumen de LA VIDA DE ANA
Tras asesinar a su padrastro en defensa propia, Ana huye a París y se une al temido mafioso Louis Dubon. La tragedia la golpea el día de su boda: un atentado acaba con Louis, dejándola sola, embarazada y en busca de refugio. Un año más tarde, bajo el amparo del magnate Pedro, Ana reaparece en España transformada en la Viuda Negra. Mientras cría a su hija, la joven planea una implacable venganza contra los traidores que destruyeron su pasado.
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LA VIDA DE ANA Capítulo 1

El eco de sus propios pasos sobre el pavimento devastador era lo único que atormenta la mente de Ana mientras caminaba hacia su casa. Llevaba el morral en el hombro, cargado no solo de libros de ciencias y cuadernos de universitarios, sino de un cansancio que parecía filtrarse hasta sus miradas. Su facultad había sido, como siempre, su único refugio. Un lugar donde su mente no era una simple adolescente le permitían imaginar mundos donde la justicia no era un concepto abstracto, sino una realidad palpable.

Al llegar a la puerta de espejo desconchada, Ana suspiró. El aire de la tarde era tenso. Al entrar, el olor a borracho y a tabaco rancio la recibió como una bofetada familiar. No había rastro de su madre en la sala ni en su habitación, lo cual no era extraño. Las jornadas de trabajo de la mujer eran largas y agotadoras, dejándola a un mundo donde la sombra ausente en su propia casa.

Ana subió las escaleras intentando no hacer ruido. Solo quería llegar a su habitación, cerrar la puerta y perderse en su cuarto buscando intentar escribir. Necesitaba que las letras la salvaran del vacío.

Entró en su habitación, soltó el morral en una esquina y se dejó caer en la cama. Sus ojos se

Empacaron por un instante, buscando un segundo de paz. Sin embargo, el crujido del espejo de la puerta al abrirse la hizo ponerse en alerta instantáneamente.

Erick estaba allí.

Su padrastro permanecía apoyado en la entrada de la puerta. No era la mirada de un protector la que proyectaba, sino la de un desgraciado que ha esperado pacientemente a que la presa esté acorralada. Sin decir una palabra, Erick entró y, con una lentitud intenso, giró la llave y puso el candado. El sonido del metal encajando resonó en la habitación como un disparo.

-Qué haces... Erick, -preguntó Ana, sintiendo cómo el corazón le golpeaba contra las costillas-. Tengo que estudiar. Sal de aquí.

Erick no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Ana, desde sus zapatos desgastados hasta el cuello de su blusa,. Deteniéndose con una fijeza repugnante en sus piernas, se acercó a la cama con pasos pesados.

-La universidad te está poniendo rebelde, Anita -dijo él con una voz suave, cargada de una confianza oscura-. Crees que porque lees esos libros ya eres muy inteligente y sabia. Pero aquí, en esta casa, las reglas las pongo yo.

Se sentó al borde de la cama, invadiendo su espacio vital. Ana intentó retroceder, pero la pared estaba justo detrás de ella. Sintió la mano de Erick, áspera y pesada. Posarse sobre su rodilla y comenzar a subir por su muslo.

-No me toques -siseó ella, el miedo convirtiéndose en una náusea ardiente.

-Por qué no, maldito infeliz... -Erick sonrió, mostrando unos dientes amarillentos-. Tu madre no está. Y aunque estuviera, ella sabe quién manda.

Ana empezaba gritar, buscando desesperadamente que algún vecino la escuchara. Pero antes de que el primer gritos pudiera escapar de su garganta, la mano de Erick se golpeó contra su boca, asfixiando el grito. El peso del hombre cayó sobre ella, inmovilizándola contra el colchón.

-Cállate, maldita perra -le susurró al oído, su aliento fétido quemándole la piel-. Si gritas, será peor. Solo quédate quieta y disfruta de lo que es ser una mujer de verdad.

Ana luchó. Golpeó con sus puños en el pecho de él, intentó patear, pero la diferencia de fuerza era abrumadora. Erick usó su peso para someterla, mientras su otra mano bajaba con violencia, desgarrando la resistencia de su ropa. Ana sintió la invasión física, el dolor agudo de sus dedos penetrándola sin piedad, destruyendo cualquier rastro de la inocencia que tanto intentaba preservar.

-¡Mmmph! -Ana forcejeó debajo de su mano, las lágrimas inundando su rostro, nublando su visión.

El dolor se intensificó cuando él decidió ir más allá. Sin ningún tipo de remordimiento, Erick procedió a consumar el acto, forzándola con una brutalidad que buscaba no solo placer, sino humillación absoluta. Ana sintió cómo su cuerpo era desgarrado, primero por una vía y luego por la otra, en una violación total de su integridad física. El dolor en su zona anal fue como un hierro ardiente que la dejó sin aliento, haciendo que sus pulmones ardieran por la falta de aire bajo la mano opresora de su padrastro.

En un arranque de desesperación, Ana pudo mover el cuerpo lo suficiente como para intentar escaparse, pero la respuesta de Erick fue inmediata y violenta.

¡Zas!

Una cachetada brutal resonó contra su mejilla. Haciendo que su cabeza cayera contra la almohada. El sabor metálica de la sangre llenó su boca.

-Te dije que te quedaras quieta perra -gruñó él, apretando más fuerte su mandíbula-. Aprende tu lugar, perra. A partir de hoy, me perteneces.

Ana dejó de luchar. No porque se rindiera, sino porque algo dentro de ella se quebró y se transformó. Mientras el hombre descargaba su miseria sobre ella, los ojos de Ana, fijos en la pared manchada de su habitación, se tornaron fríos. El dolor físico seguía ahí, latente y crudo, pero el miedo estaba siendo devorado por un odio negro, denso y absoluto.

Erick finalmente terminó y se levantó, ajustándose el cinturón con una satisfacción asquerosa. Miró a Ana que estaba inmóvil en la cama, con la ropa destrozada y la mirada perdida.

-Límpiate -dijo él, caminando hacia la puerta-. Y ni se te ocurra decirle nada a tu madre. Ella no te creería, y si lo hace, la mato a ella también.

El sonido del candado abriéndose fue el final del acto. Erick salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Ana se quedó en la oscuridad. El silencio que siguió fue más pesado que el ruido del ataque. Se incorporó lentamente, cada movimiento era un recordatorio del daño sufrido. Se miró las manos; estaban temblando, pero no de terror. Se puso de pie, caminó hacia su escritorio y tomó el bolígrafo con el que escribía sus historias. Lo apretó tanto que los nudillos se le pusieron blancos.

En ese momento, la universitaria que quería ser escritora murió. En su lugar, en esa habitación cerrada con llave, nació algo diferente. Una sombra que ya no buscaba palabras para describir el mundo, sino la fuerza necesaria para destruirlo y reconstruirlo a su imagen.

-Esto no se queda así, Erick -susurró para sí misma, con una voz que ya no parecía la suya-. Vas a desear haberme matado hoy.

Ana se dirigió al baño para lavarse la sangre y el rastro de aquel hombre, pero sabía que ninguna cantidad de agua podría limpiar lo que acababa de suceder. Su viaje hacia la oscuridad, hacia París y hacia el trono de la mafia, acababa de comenzar en el lugar más amargo posible.

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Tabla de contenidos de LA VIDA DE ANA

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